El ser de la noche

 


Autora: Daniela Vasquez


Esa noche yo estaba frente al ordenador. Varios sitios webs, un par de videos y un proyecto pendiente se habían distribuido en un montón de pestañas que me daba flojera cerrar. Hacía frío- era verano, pero al frío no le importa la estación cuando de la noche se trata- así que me había arropado con una mantita morada que cubría la mitad de mi cuerpo. Aún así, la temperatura era insoportable y de rato en rato frotaba mis manos y las soplaba para calentarlas con mi aliento. 


Podría afirmar que, de toda la cuadra, solo mi cuarto tenía las luces encendidas. Y aunque a veces me sentía un poco solitaria cuando hacía mis trabajos por la madrugada, mis gatas siempre venían para hacerme compañía. Esa noche, Mika estaba muy enérgica. Corría del primer al segundo piso y entraba a mi cuarto por la ventana, totalmente agitada. Nieve, por otro lado, solo maullaba. Al inicio estas acciones no me incomodaron, eran una distracción para esos momentos frente a la pantalla. Sin embargo, los maullidos de Nieve comenzaron a ser más fuertes y frecuentes, a tal punto de asemejar a gritos. Sus maullidos eran tan intensos que no solo me impedían continuar con mis pendientes, sino que generaban en mis oídos una sensación desagradable. Decidí, por tanto, bajar al primer piso donde estaban sus platos y alimentarlas.


No quería despertar a mis padres, así que opté por usar la linterna de mi celular para buscar las croquetas y colocarlas en su plato. Cuando lo hice, las gatas se quedaron mirándome por un rato. Supuse que eso no era lo que querían, así que decidí ver el platillo donde le dábamos agua. En efecto, estaba vacío. Dejé mi celular con la linterna prendida en un muro y les serví agua. Mika se acercó al plato, metió su pata en ella y, cuando vio que la superficie ondeaba, empezó a tomar de él. Era una extraña costumbre cuyo origen nunca averigüé, pero siempre me pregunté por qué tanto ella como Nieve lo hacían, ya que las anteriores generaciones de gatos en mi familia jamás realizaban ese ritual antes de beber. Luego de haber colocado todo en su sitio, subí con mi mantita y mi celular al segundo piso, donde pequeñas gotas de lluvia habían empezado a chocar contra el suelo.


Según lo que había planeado, debía terminar a las 4 a.m. Faltaban dos horas y tenía poco trabajo por terminar. Sin embargo, una vez Mika terminó su comida, siguió su rutina alocada de antes: empezó a correr y botar objetos en el primer piso y a entrar en mi cuarto con rapidez. Incluso, en uno de esos arrebatos, escuché que se rompieron algunas botellas de vidrio que mis padres celosamente coleccionaban en el primer piso.


Mi paciencia llegó al límite cuando mi otra gata continuó maullando con desesperación mientras frotaba su cuerpo en mis pies. Decidí que no las dejaría entrar: cerré la puerta y me puse mis audífonos para escuchar música mientras terminaba de editar el último video.


Terminé de hacer mis deberes y me sorprendí al notar la hora: había terminado una hora antes del tiempo provisto, así que me dispuse a dormir. Dejé mis audífonos en un cajón y programé la alarma para la mañana siguiente. 


Cuando ya estaba por echarme, un extraño quejido llamó mi atención. Recordé que había castigado a mis gatas y la conciencia me llenó de culpas, pues era consciente de que habían estado maullando mientras escuchaba música. La voz del cansancio me persuadía a volver a la almohada, pero la culpa, mezclada con la curiosidad, me incentivó a abrir la puerta de mi cuarto. Con la linterna de mi celular, me acerqué a la oscuridad de mi casa. Fue entonces cuando fui consciente del profundo silencio que se había generado. Había observado un fluido verdoso que me dirigía a un pequeño charco cerca del cuarto de mi hermano. Mi sorpresa se convirtió en angustia cuando noté que Nieve estaba echada en el piso; y en terror cuando vi que tenía un extraño orificio en la cabeza. Me acerqué a ella y la acaricié.

No sabía qué pensar. 


Sentí un ligero roce en mi pierna y me ericé: era Mika, quien estaba cojeando de una manera extraña. Su cabeza tambaleaba: parecía como si solo su cabeza tuviera convulsiones, mientras que el resto de su cuerpo avanzaba con el ritmo de su caminar. Mika abrió su boca para maullar, pero no logró emitir ningún sonido. Cayó al suelo, y me di cuenta de que en su patita también tenía un orificio.


Aterrada, pensé en bajar y llamar a mis papás, quienes habían dormido temprano aquella noche. Sin embargo, fue mi papá quien me llamó primero. Su voz se oía particularmente cercana, por lo que volteé para contarle lo que estaba sucediendo. En la oscuridad, su silueta alta y fornida era inconfundible. Sin embargo, cuando le apunté con la linterna, mi corazón se detuvo por un segundo. ¡Era horrible! Una criatura antropomorfa con el rostro de mi padre estaba llamándome. Sus brazos eran innecesariamente largos, su cuerpo estaba lleno de sangre  y su boca había sido cortada hasta cubrir toda la parte inferior de su rostro. Poco a poco, la voz firme de mi padre se envolvió en un gruñido molesto, tan molesto que me generaba un dolor de cabeza. Traté de bajar y pedir ayuda, fue lo primero que cruzó por mi mente, pero me tropecé y solo logré rodar por las escaleras. Aún con fuertes dolores, bajé las demás escaleras y entré al cuarto de mis padres. Tenía mi celular a la mano, y aunque una mancha de sangre afectaba la luz que proyectaba la linterna, pude ver claramente el escenario fatal: ahí, en la cama de mi padre, yacía su cuerpo sin cabeza con una botella de vidrio roto. 

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