Sí, estoy viva


Autora: Judith Tarrillo

Las coincidencias, a veces, parecen estar hechas de fortuna demoniaca. Las noticias desgarradoras están a la orden del día. Lo peor de todo es que cuando vemos alguna desgracia en televisión o leemos cierta tragedia en Facebook, nos creemos invulnerables y en nuestra mente aparece ese bichito de ingenua confianza que grita: “A nosotros nunca nos pasará”.


Lo digo como algo externo, pero, en realidad, a mí me pasó.


Iba caminando de regreso a casa, desanimada por todo lo que había dejado pasar ese día: una salida con mis amigas y una práctica relativamente fácil. Todo porque mis padres tenían una cita pendiente y no podían dejar sola a mi hermana menor. No tenía otra alternativa, era obedecerlos o recibir el sermón de la ingratitud. Así que cedí por teléfono a la petición, sin dejar que se notase mi voz irritada.


Llegaron a eso de las once de la noche. Mi hermana ya estaba durmiendo y yo terminaba de hacer unos deberes de la universidad, cuando me encontraron en mi cuarto sudando la gota gorda, me agradecieron varias veces y me dijeron que, a la próxima salida mía, aceptarían sin rechistar. “Esto valió la pena”, pensé. Sin saber en qué utilizaría esa carta tan poderosa. Luego de haber terminado, tomé una ducha caliente y me dispuse a descansar sobre mi cama, pero mi celular había estado sonando y no podía ignorar aquellos pitidos que indicaban que alguien estaba hablándome. Lo sostuve encima de mí, curiosa del remitente, pues hace mucho que nadie utilizaba Facebook para conversar conmigo. Abrí la aplicación y mi mirada se iluminó con la luz blanca de esta, y nuevamente se iluminó al ver de quién se trataba. Qué recuerdos vinieron a mi mente cuando leí ese nombre (sin imaginar los que se formarían en un futuro).


Se trataba de un viejo compañero de clases en la primaria, el más llorón de todos, debo decir, pero siempre con el ímpetu de hacer bien las cosas; solía apegarse a mi porque, según él, yo le gustaba, aunque éramos niños, ¡qué cosa tan graciosamente tierna! Mientras le escribía que sí me acordaba de él, seguía recordando esos tiempos y le pregunté cómo así me había encontrado. Habían pasado tantos años. Me respondió que no había sido fácil, pero que las coincidencias de vez en cuando hacían su trabajo. Dijo que siempre había tenido presente mi nombre, pero como mi apellido es muy complicado, simplemente lo había olvidado, hasta que lo vio por segunda vez en una campaña publicitaria; de inmediato no lo asoció conmigo, pero el foquito se le prendió un par de noches después. Yo estaba contentísima de habérmelo cruzado después de tanto tiempo; aunque en ese entonces ni siquiera me atraía, quería saber qué tanto había cambiado.

A partir de esa noche, hablar con él se volvió parte de mi rutina diaria; nos contábamos todo, hasta ciertas cosas que se volvieron un tanto fastidiosas (como el que se sentía atraído por cierta chica de su universidad). Al principio no le prestaba atención al asunto, pero pasaban las semanas y comencé a sentirlo tan cerca, que incluso era más importante para mí hablar con él que con mi mejor amigo, eso ya era grave, mas no me preocupé en detenerlo.


Así transcurrieron dos meses; una inocente historia de amor que surgió del pasado y se imponía en el presente. Ya no conversábamos como simples amigos, sino como algo más. Comenzamos a celarnos y a estar pendientes del otro, era normal enviarnos emoticones de afecto, luego de que él me escribiera cualquier cosa que me hiciese sonreír durante todo el día. Me parecía curioso cómo habían resultado las cosas; no me quejaba, simplemente estaba feliz de tener a alguien que se preocupara en cuidarme y darme toda la atención que él creía que me merecía. Aunque podía cuidarme y atenderme a mí misma, el que él  quisiese hacerlo, lo volvía especial. Así que cuando me ofreció salir juntos por primera vez, acepté de un salto, emocionada por verlo después de tanto tiempo. Iríamos a una feria en el sur de Lima, un tanto lejos, pero yo aún tenía la carta de permiso de mis padres. Y así fue. Quedamos en ir esa misma semana, domingo.


Ese día, me vestí lo más bonita que pude. Fui al lugar de encuentro y tardé en divisarlo entre tanta gente. Estaba más alto y un poco más fornido, ya no tenía apariencia de niño llorón y le sonreí desde la distancia que aún nos separaba. Sin mucho que decir, nos fundimos en un prolongado abrazo y de la mano caminamos al paradero que nos llevaría a nuestro destino. Fue una tarde maravillosa. Las horas iban pasando, pero yo no las sentía; la luz del atardecer apareció muy pronto y supe que debía volver a casa; aún no sentía algo sólido por él porque la mayor parte del tiempo habíamos hablado virtualmente, así que despedirnos no parecía algo tan difícil, supuse que luego de aquello nos veríamos con más frecuencia…pero no. En cuanto le dije que tenía que irme, la serenidad de su rostro se contrajo en una mueca de desagrado, tenía el ceño fruncido y en sus labios nació una sonrisa contrariada que no me gustó para nada.


¿Irte?, me dijo, ¿por qué? Si apenas hemos llegado. “Llegamos hace cuatro horas”, le respondí, con un atisbo de miedo en mi voz. “No puedes irte, aún hay muchas cosas para hacer, ¿en serio quieres irte? Bueno, si va a ser así-comentó cediendo-, entonces despídete”.  Algo confundida, me acerqué para darle un beso en la mejilla, pero él reaccionó de forma rápida y aventó su cara contra la mía; yo retrocedí instintivamente, con los ojos bien abiertos. Le dije que aún no era el momento para eso; sin embargo, se aferró fuerte a mis brazos, impidiéndome el movimiento, me estaba lastimando y deseé que alguien se acercara a ayudarme, pero todo el mundo parecía ajeno a la situación. El muchacho tierno de antaño seguramente observaría a su yo del presente con el mismo terror que profesaban mis ojos. Me jaló hacia sí para intentarlo de nuevo, pero me resistí con la poca movilidad que tenía. Entonces logré liberarme y salí corriendo al paradero, no obstante, me siguió y de un salto subió al mismo carro que yo. Por suerte este estaba lleno y él no hizo más que quedarse a mi lado en absoluto silencio. Tomé mi móvil para enviarle un mensaje a mi mejor amigo pidiéndole que me esperase en el paradero donde iba a bajar; pero él se dio cuenta y me preguntó si estaba llamando a alguien. Negué con la cabeza y terminé de escribir lo que parecía una llamada de auxilio. Insistí, insistí e insistí; sin embargo, nunca obtuve respuesta. Comenzaba a sentir desesperación. En mi mente se trazaban mil y un planes que el tiempo inesperado de llegada no me permitió concretar. 


Apenas el carro se detuvo, me abrí paso entre la gente y bajé corriendo, con la esperanza de encontrar a alguien conocido, pues no estaba muy lejos de casa; avancé sin mirar atrás, pero de un tirón volví a mi lugar de inicio: era él que con ojos de enfurecida tristeza me obligaba a quedarme. Nada de lo que dijera a partir de ese momento iba a ser escuchado. 


Le di la orden de soltarme, expresando toda la furia que, en ese momento, el miedo me permitía. Le dije que volviese a casa y me dejase en paz, porque en serio me estaba enojando, mas el parecía absorto en sus pensamientos y apretaba mis brazos cada vez con más fuerza; yo trataba de avanzar, pero de pronto no quise que él supiera dónde vivía, así que me detuve, a merced de todas sus empalagosas palabras. Quería estar conmigo, dijo que se había enamorado y que podíamos empezar algo juntos; en cualquier otro contexto, esa propuesta habría sido de cuento de hadas, pero yo me sentía en una pesadilla. Sobre todo, cuando luego de tanto insistir para que se vaya, le pregunté qué debía hacer para que me dejase ir, y en sus ojos insidiosos vi la respuesta.


Allí, en medio de la calle, con el estómago hecho jirones, con los ojos cerrados por la impotencia, dejé que me besase todo el tiempo que él quiso. Uno, dos, hasta tres besos, que para nada eran una muestra de afecto. Eran condiciones para ser libre, eran producto de una línea de secuencias que consideré culpa mía, porque no tuve la fuerza suficiente para lograr que se detenga. Mientras lo hacía, mis labios eran una fina línea inmóvil; pensaba, entonces, en cómo se lo contaría a mis padres, qué le diría a mi mejor amigo cuando viese todos esos mensajes, de qué manera debía relatar lo sucedido. 


¿Qué me dirían ellos?


Cuando hubo terminado, sentí los ojos vacíos, tuve miedo de que aún no quisiese irse, pero por fin se despidió, luego de confirmar que ya habíamos empezado algo. De un momento a otro, desapareció. Un clic me despertó y comencé a correr a casa. ¿Qué había pasado? ¿Qué me habían hecho? En medio de la carrera, con las incipientes lágrimas nublándome la vista, un sentimiento contrito de estar exagerando me hizo parar en seco. “¡No seas ridícula! ¡Fue solo un beso!” Y efectivamente así había sido. No quise menospreciar mi situación, pero sabía que eso me dirían, eso creí de repente. Muchas jóvenes con menos suerte que yo, sí tenían todo el derecho de llorar y hundirse en la depresión. Yo no. De pronto mi miedo se convirtió en vergüenza y caminé hacia mi casa con la mirada vacía.


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